Marvel en los 60: optimismo e incertidumbre en los héroes tecnocientíficos (XXI)


3.- CONCLUSIÓN.

En este apartado final se tratarán de hilar los diferentes elementos y consecuencias que se han ido señalando en los apartados anteriores para tratar de esbozar una cierta imagen de conjunto de las relaciones entre ciencia, tecnología y sociedad en el contexto que nos ocupa.

De un modo muy general, parece haber quedado bastante clara la importancia concedida a la tecnociencia en los cómics Marvel de principios de los 60. Hemos visto cómo ésta afecta, de modo bastante directo, los orígenes de las habilidades extraordinarias de la mayoría de personajes que protagonizan las diferentes series creadas en aquel momento, bien a causa de accidentes relacionados con diversos tipos de radiación (gamma, rayos cósmicos, nuclear), bien por el uso de artefactos e invenciones tecnocientíficas desarrolladas por investigadores. Investigadores que, y he aquí otro hecho relevante, son los propios protagonistas en un porcentaje para nada casual; prácticamente todas las series tienen entre sus principales personajes al menos uno vinculado con la tecnociencia en calidad de científico teórico, ingeniero, investigador, inventor, estudiante de ciencias, empresario vinculado a la I+D+I, etc., cumpliendo además, en casos como el de Reed Richards o Tony Stark, varios de estos roles a la vez.

La importancia de la tecnociencia va más allá de los personajes y se traslada a los ecosistemas donde estos desarrollan sus actividades vitales, en lo que hemos dado a llamar "lugares tecnocientíficos". En las páginas de series como Fantastic Four o Tales of Suspense (etapa protagonizada por Iron Man), por ejemplo, pueden contemplarse toda clase de artefactos tecnocientíficos extraordinarios, limitados tan sólo por el alcance de la fantasía del guionista y/o creador gráfico, y por lo que no pudiera presentarse como un plausible, por más que remoto, producto de la ciencia -de la ciencia-ficción, se entiende-. También puede verse lo que -desde el punto de vista de los creadores- es auténtica "ciencia en acción": científicos experimentando en sus laboratorios, construyendo y empleando extraños artefactos, haciendo uso de maquinaria enrevesada y casi imposible -una de las señas de identidad de uno de los principales, si no el principal, artista de la época, Jack Kirby, es precisamente su capacidad para visualizar maquinaria-, aventurando hipótesis, extrayendo conclusiones, haciendo cálculos de las posibles repercusiones sociales de un determinado hallazgo...

Una vez se ha constatado la importancia de la ciencia y la tecnología, podemos intentar transmitir cuál es, de manera aproximada, la imagen de éstas que estos cómics desprenden. En primer lugar, parecen bastante obvias las conexiones con el antiguo "pacto social para la ciencia y la tecnología", con el modelo lineal progresivo del conocimiento científico y, de manera general, con algunos de los postulado comunes y, por qué no decirlo, vulgarizados del positivismo lógico. De este modo, la investigación científica básica es considerada un bien en sí misma, cuyas repercusiones benéficas se dejarán sentir más tarde o más temprano sobre la sociedad que las ampara y fomenta. El conocimiento científico aparece como progresivo, acumulativo y veraz, y es paradigma de racionalidad, objetividad y neutralidad axiológica. La ciencia se muestra como la más alta empresa que ha llevado a cabo el género humano y la que mejores resultados, en cuanto a mejoras que redundan en beneficio de la sociedad entendida bajo criterios de racionalidad, eficiencia y bienestar, ha tenido. Es, por así decir, la luz que disipa las tinieblas del oscurantismo, la maldad y la ignorancia, y sólo puede ser pervertida por almas torturadas, esencialmente malignas, o víctimas de un fatum que volverá en contra suyo las mejores de las intenciones. Nótese asimismo que la ciencia y la tecnología aparecen en una relación tremendamente estrecha, prácticamente indisociable: los artefactos tecnológicos son considerados productos propiamente de la ciencia, y el científico queda asimilado al tecnólogo, sin que haya una división aparente entre el científico "teórico", "puro", y el ingeniero, haciéndose doblemente consecuente, con ello, la imagen del modelo lineal de la ciencia. Y, de modo también consecuente con las pretensiones implícitas de este modelo, la independencia y la libertad de investigación, experimentación, producción y uso sin límites quedan garantizadas, por más que restringidas -con un consentimiento tácito al menos- a los nichos ocupados por los héroes tecnocientíficos y -aunque obviamente sin tal consentimiento- a sus contrapartidas malvadas, sin perjuicio de otros programas generalmente menos espectaculares en sus productos finales, bien gubernamentales, bien privados.

Ahora bien, frente al discurso presente de modo más o menos explícito, lo que se observa realmente -en la "realidad" ficticia del cómic, valga el oxímoron- es que los productos tecnocientíficos extraordinarios que aparecen continuamente en manos de personajes como los Cuatro Fantásticos, los Vengadores o SHIELD no tienen, por norma general y de manera más o menos continua, reflejo en la sociedad civil.(1)

Otro elemento a tener en cuenta es el del tipo de amenazas que se contempla como consecuencia de la ciencia y la tecnología; junto a las conclusiones que se extraían al final del apartado anterior, cabe recalcar aquí que se genera un modelo consecuente con el que reflejan las encuestas de percepción pública de ciencia y tecnología, donde por norma general aparecen elevados índices de confianza junto a elevados índices de reserva e incertidumbre respecto a los riesgos. Se está, de todos modos, muy lejos aún de modelos de riesgo e incertidumbre como los que propondrían críticos actuales como Ulrich Beck o Anthony Giddens.

Podemos decir, en suma, que la imagen de la ciencia y la tecnología que puede extraerse de los cómics del inicio de la "Era Marvel" es consecuente con la que primaba, a nivel popular y a grandes rasgos, en los Estados Unidos de la época. Es el cómic -al menos, era- un medio de comunicación de masas, por añadidura, de los considerados menos relevantes para un público adulto, serio y formado, con lo que parecería un lugar cuando menos adecuado para reproducir de manera más o menos vulgar prejuicios, tópicos y lugares comunes tácitamente aceptados para las temáticas de las relaciones entre ciencia, tecnología y sociedad. Sin embargo, dejarlo aquí sería dejar una interpretación excesivamente reductiva de lo que fueron estos cómics y aún de los que todavía hoy son capaces de aportar como fuentes casi inagotables de las fantasías más desatadas e imaginativas. Que obviamente la época y su contexto pone el límite donde lo pone es innegable, pero, en primer lugar, hemos podido ver a lo largo de todo este texto cómo estos cómics mantienen su valor, precisamente, como retrato de una época, a la que retratan por la vía de la ficción pero no sin cierta precisión. Y, en segundo lugar, el que sea precisamente el camino de la ficción más fantasiosa el que entonces fuera tomado ha dejado tras de sí un legado de posibilidades que, convenientemente actualizadas, siguen su camino de décadas a través de franquicias ya no sólo en medios impresos, sino por cualquier otro medio (cine, TV, videojuegos, merchandising, etc.) Todas las relecturas, todas las "deconstrucciones" que hayan podido hacerse con posterioridad, podría decirse, no quitan ni añaden una coma a aquella época irrepetible y al legado de aquellos esforzados y talentosos artistas. Aunque esto del arte y el talento no sea, ni mucho menos, una ciencia, diremos igualmente que en cierto Bullpen del Manhattan de los primeros años 60 se realizaron importantes descubrimientos cuyas consecuencias siguen modificando las vidas de centenares de miles de personas desde entonces hasta la actualidad.

(1)Esto bien puede ser debido a condicionantes argumentales, ya que en el "Universo Marvel" habría una esencial contradicción inherente entre la pretensión de "realismo", esto es, de que las ciudades, vestidos, hábitos cotidianos, automóviles, aviones, acontecimientos de actualidad, etc., sean más o menos similares -y por lo tanto, identificados como tales- que los del "mundo real" y, por otro lado, la necesidad de introducir elementos fantásticos y espectaculares, primos hermanos de cierta ciencia-ficción/fantasía, que este género parecería requerir. Esta contradicción es la que evitaría que, por ejemplo, se introdujese una cuestión tradicionalmente soslayada -aunque no siempre- con mayor o menor acierto en esta clase de cómics hasta prácticamente los años 80: si, en un universo de ficción como el de Marvel, existen seres humanos esencialmente bondadosos con poderes que les acercan prácticamente a la divinidad, ¿por qué no erradicar o, al menos, minimizar el criman, la pobreza, la desigualdad, la guerra, el hambre, la enfermedad...? La historia del medio ha ido dejando diferentes hitos en diversos acercamientos a esta problemática, la mayoría, como decíamos, ya a partir de los 80; podemos mencionar ahora, a modo de ejemplo, la historia de la muerte del Capitán Marvel de Jim Starlin (1982), donde a los héroes tecnocientíficos como Reed Richards o Tony Stark se les plantea a las claras una pregunta de difícil respuesta: ¿por qué no se han dedicado, pese a todos sus logros, a lograr una cura contra el cáncer? (el Capitán Marvel moriría en esta historia precisamente de esa enfermedad). El clásico para esta problemática sigue siendo, por lo demás, el Watchmen de Alan Moore y Dave Gibbons (1986/7), obra donde se trata de ser consecuente con los cambios que en el mundo produciría la aparición de héroes enmascarados, primero, y de un auténtico ser superpoderoso, más tarde. Véase también la obra citada de Umberto Eco.

No hay comentarios:

Archivo del blog