Sobre BILL SIENKIEWICZ y STRAY TOASTERS

Bill Sienkiewicz - Stray Toasters
Recuperamos un artículo que escribimos hace ya algún tiempo para una bitácora hoy abandonada.

Para los aficionados al cómic que, como muy tarde, se aficionaran al medio en los años ochenta, el nombre de Bill Sienkiewicz les resultará, como poco, familiar. Paradigma, en su contexto, de iconoclastia, la mutación de su estilo y lo arriesgado del mismo provocó una suerte de debate entre admiradores y detractores que, ampliado a "modos de hacer" dentro del medio, sigue sin cancelarse varias décadas después... Y quizá nunca lo haga. Repasemos, pues, someramente la carrera del autor, y después comentaremos algo sobre una de las obras que mejor representa sus virtudes y/o defectos, según a quién pregunten: Stray Toasters.

Bill Sienkiewicz comenzó a ser conocido a través de su trabajo para Marvel Comics, la editorial que cuenta en su nómina con personajes de la importancia de Spiderman, Hulk, los 4 Fantásticos o los X-Men. Sin embargo, al autor le tocó en suerte ilustrar las aventuras de un personaje mucho menos conocido por el gran público, el Caballero Luna, una especie de versión marvelita de Batman, cuyas historias se publicaban como complemento en una revista de cómic en blanco y negro cuyo protagonista era Hulk. Más tarde el personaje obtuvo serie propia en comic-book a color, y Sienkiewicz continuó en esa serie, con algunas interrupciones, hasta el número 33. De ahí, y tras una breve etapa en los 4 Fantásticos, pasó a ilustrar la serie Los Nuevos Mutantes, un cómic derivado de la Patrulla-X cuyos protagonistas eran, como aquellos, también mutantes, aunque más jóvenes e inexpertos.

El estilo de Sienkiewicz durante aquellos primeros años 80 estaba claramente influenciado por uno de los grandes maestros del cómic norteamericano mainstream, Neal Adams, hasta el punto de que, por momentos, resultaban prácticamente indistinguibles. Sin embargo, ya en su etapa en el Caballero Luna, especialmente hacia el final y, muy particularmente, en las últimas páginas dibujadas para los 4 Fantásticos, comenzaron a asomar ciertas características que anunciaban un cambio. De todos modos, pocos parecían preparados para la sorpresa que, en su momento, supuso la aparición del ya clásico Los Nuevos Mutantes nº 18, un cómic donde Bill Sienkiewicz destapaba el tarro de las esencias y  daba un giro radical a su estilo.
Los Nuevos Mutantes - Bill Sienkiewicz - Saga del Oso Místico
Homenaje más o menos sutil a "El beso" de Klimt en la primera página de Los Nuevos Mutantes 18
A partir de ese episodio, y durante los cerca de dos años que permaneció en ese título, Sienkiewicz convirtió cada entrega en un campo de experimentación, un ejercicio de estilo constante que hacía olvidar su mimetismo anterior con Neal Adams y que traía referentes de lo más variopinto al lector, y ya no sólo del mundo del cómic, sino del arte -Alphonse Mucha, Gustav Klimt- o la ilustración -Bob Peak-, entre otros. Ahora bien, quizá una serie Marvel de la franquicia mutante, protagonizada por -y dirigida hacia- adolescentes no era el lugar más adecuado para semejante explosión "vanguardista", y en su momento dejó a muchos fans absolutamente descolocados ante un modo de dibujar tan extraño dentro de su contexto. Hoy en día, por contra, con esos lectores adolescentes ya creciditos, esos comics han alcanzado la categoría de obras "de culto", y son celebrados como tales.

Con todo, la progresión de Bill Sienkiewicz todavía no se había completado, aunque sin duda necesitaba de un lugar adecuado donde poder dar rienda suelta a todo lo que llevaba dentro. Y ese lugar fue el subsello de Marvel Comics Epic, bajo cuyo cuño diversos autores tenían la oportunidad de publicar obras más personales, dirigidas en principio a un público más adulto. Fue además el momento en el que Sienkiewicz encontró al compañero perfecto, un Frank Miller que, a mediados de los ochenta, se encontraba en estado de gracia y vendría a firmar las que tal vez sean sus obras más consegidas: su etapa en Daredevil y, en especial, su Batman: The Dark Knight. Precisamente uno de los personajes que Miller creara en su etapa de Daredevil, la asesina ninja griega Elektra, sería la protagonista de una miniserie de seis números, la cual escribiría Miller e ilustraría Sienkiewicz: Elektra: Asesina. Frank Miller aprovecharía la libertad creativa de la que al parecer dispuso, además de la bien ganada reputación que le brindaba su obra reciente, para escribir un texto bastante experimental -reiteramos, dentro de lo que era el cómic yanqui "comercial" en aquel momento-, aplicando ciertos recursos que, por lo demás, ya eran viejos en la literatura, como el flujo de conciencia. Independientemente de los resultados a este nivel, lo que resulta ciertamente espectacular y convierte el cómic en memorable es el auténtico tour de force de Sienkiewicz, al que el formato permite el color directo y la historia todo tipo de experimentaciones con su estilo. Así, el realismo pictórico, el expresionismo, el cartoon, el dibujo infantil, el collage, cualquier cosa parece válida para ajustar su estilo a la narración, con unos resultados que, pasados los años, siguen siendo impresionantes.
Elektra Asesina - Frank Miller - Bill Sienkiewicz
La colaboración con Miller no se limitaría a esa obra, pues ambos firmaron también una novela gráfica protagonizada por el abogado ciego de la Cocina del Infierno, Daredevil: Love and War, con resultados en una línea similar a la de su obra anterior. Tras ello, Sienkiewicz pasaría a colaborar precisamente con el otro gran hombre del momento, nada menos que Alan Moore, primero en la novela gráfica Brought to Ligth, y más tarde en la inconclusa Big Numbers. Al parecer, diferencias irreconciliables entre Moore y Sienkiewicz dieron al traste con este último proyecto, y las secuelas de este fracaso se hicieron sentir en este último, el cual prácticamente no ha vuelto a firmar un proyecto relevante dentro del mundo del cómic, siendo a partir de ahí el grueso de su producción portadas, ilustraciones varias y algunos trabajos de entintado claramente alimenticios, además de alguna que otra obra "menor". Por supuesto, a un talento como el de Sienkiewicz tampoco iba a faltarle trabajo, aunque en las dos últimas décadas se haya dedicado principalmente a la ilustración en otros medios.

Antes de pasar a un segundo plano en el mundo del cómic, sin embargo, Sienkiewicz firmaría dos trabajos como autor completo -guión y dibujo-, precisamente bajo el sello Epic que auspició sus colaboraciones con Miller: Slow Dancer, historieta publicada en la revista Epic Magazine, y la más ambiciosa Stray Toasters, una miniserie de cuatro números que apareció originalmente en 1988.

Sin duda, 1988 es un año crucial en el cómic norteamericano, por cuanto acaban de tener lugar los puntos de no retorno que supondrían principalmente Watchmen (1986-87) y Batman: The Dark Knight (1986). Mucho se ha escrito sobre lo que supusieron ambas obras en su momento, especialmente para uno de los subgéneros por antonomasia del cómic norteamericano, el de superhéroes, así como en cuanto a apertura de posibilidades a la hora de contar historias más realistas, más adultas y complejas, dentro de un medio tradicionalmente considerado "infantil". Por supuesto, esto no era nuevo en un sentido absoluto, pues no sólo en otros países algo parecido había tenido ya lugar, sino que en el propio mercado norteamericano existían desde hacía décadas las tiras de prensa enfocadas a lectores de diario -teóricos adultos, pues-, mientras que la explosión underground de los setenta -Robert Crumb, Vaughn Bodé, Gilbert Shelton...- había hecho lo propio desde una perspectiva contracultural, y los magazines en blanco y negro de editoriales como Warren habían experimentado con eso mismo enfocándose hacia temáticas como la fantasía o el terror. Incluso en el propio campo de los superhéroes o, en todo caso, en las publicaciones de las majors Marvel y DC, todo un pionero en este sentido como el guionista Steve Gerber ya había alumbrado obras en las que la experimentación, la búsqueda de nuevas formas narrativas y los contenidos y maneras que podían ser mejor consideradas por un lector "adulto"(1), estaban de algún modo presentes.

Sea como fuere, lo que parece indudable es que aquella fue una época excitante, en la que tras la estela de los citados Alan Moore y Frank Miller iban a ir desembarcando progresivamente otros escritores de talento (Grant Morrison, Peter Milligan, Warren Ellis, Neil Gaiman...), mientras que algunos veteranos iban a dar el todo por el todo siguiendo su ejemplo (paradigmático de esto podría ser el caso de Denny O'Neil, que firmaría con The Question tal vez su mejor obra como guionista), con lo que durante el segundo lustro de los ochenta y primeros años noventa verían la luz algunas de las obras más interesantes que se han publicado en las editoriales norteamericanas de cabecera... Junto a otras muchas que no por seguir la línea marcada resultarían menos olvidables, por supuesto.

Así las cosas, en 1988 Bill Sienkiewicz es un autor de gran prestigio, especialmente por parte de la crítica, por más que su trabajo siga dividiendo a los fans, entre los "clásicos" que le consideran "raro", y los ávidos de novedades que aplauden lo rupturista -en el contexto- de su estética. El caso es que Sienkiewicz, quien parece haberlo dado todo en sus citadas colaboraciones con Frank Miller en cuanto a su arte, da el siguiente paso y va a firmar sus siguientes obras como autor completo, como ya se ha señalado. Y Stray Toasters es, por eso y por el momento en el que aparece, tal vez la obra más ambiciosa creada por Sienkiewicz, donde su afán experimental y rupturista alcanza su sublimación en todos los aspectos.

En cuanto a lo gráfico, muchas de las cosas que ya habíamos visto en Elektra: Asesina siguen presentes y se añaden otras: los guiños a pintores e ilustradores, el color con pintura directa sobre los lápices alternando con páginas en blanco y negro con el clásico lápiz/tinta, composiciones que incluyen materiales físicos como cables, tornillos o telas, tipografías integradas en el dibujo, composiciones que van desde la splash page hasta la división en múltiples paneles simétricos a la manera clásica, pasando por la ruptura de los bordes de la viñeta y su ordenación rompiendo el modo habitual de lectura... Lo cierto es que cada página de Stray Toasters es un nuevo reto al lector y una nueva búsqueda de modos plásticos y narrativos que, sin hacer olvidar sus referentes más o menos reconocibles, supone un meritorio esfuerzo por parte del autor.

Lo que quizá resulta más discutible es la parte literaria de la obra. Tal vez conducido por un exceso de ambición, y siendo un autor que no se había significado hasta la fecha como escritor, Sienkiewicz aborda una narración de argumento relativamente sencillo pero de ejecución claramente enrevesada, donde los flujos de conciencia se mezclan a varios niveles y con varios personajes a la vez, y donde encontramos poemas, sátiras de los mass media, la publicidad o la abogacía, psicoanálisis, mad doctors, femmes fatales, personajes y elementos de hard boiled... Una obra que tiene, además, un protagonismo coral, con personajes a cuál más desquiciado, y con un lenguaje que oscila entre lo pseudoliterario, lo experimental y lo pop. Algo hay que no parece funcionar en todo ello; tal vez resulte pretencioso, tal vez molesten ciertas obviedades -como hacer tan explícito el trasfondo psicoanalítico que, justamente, deja de ser trasfondo-, tal vez los recursos suenan a ya vistos en otros soportes y su traslación al lenguaje del cómic no termine de cuajar.

Sea del modo que sea, todavía podemos aplaudir el que un autor del talento indudable de Sienkiewicz forzase sus límites y nos diera una obra que, con sus virtudes y sus defectos, queda a día de hoy un tanto olvidada, pero a la que no puede negarse el ser un arriesgado -y tal vez excesivo- ejercicio de estilo, plasmación del personal mundo visual y verbal del autor y reunión de sus influencias e inquietudes. Que Sienkiewicz ha sido maestro e influencia para otros artistas es innegable -ahí están Dave McKean, Ben Templesmith o Ashley Wood, entre otros, para dar fe de ello-, con lo que descubrir -o redescubrir- este Stray Toasters se convertirá sin duda en un momento imprescindible para poder valorar la herencia de Sienkiewicz y tomar el pulso de los afanes experimentales y, también, de los excesos de aquel hervidero creativo que fue el cómic mainstream de la segunda mitad de los años ochenta. Están invitados.

(1) Existe una discusión sobre qué puede ser y a qué puede considerarse un  lector "adulto" en este contexto, no exenta de polémicas, sobre la que no pretendemos entrar, con lo que usamos la expresión por pura economía expresiva y de manera más bien laxa.

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